Bienvenidos a La biblioteca de los sueños
En algún rincón entre la realidad y la fantasía, existe un lugar donde los susurros de los libros cobran vida y los sueños se entrelazan con la tinta. La biblioteca de los sueños no es solo un libro; es un portal hacia mundos desconocidos, donde cada relato es una puerta que se abre hacia lo inesperado.
Hoy quiero invitarte a cruzar esa puerta conmigo. El relato que comparto aquí es un fragmento de este universo, un pequeño viaje que mezcla misterio, reflexión y la magia que solo los sueños pueden despertar. Si te atreves a seguir leyendo, prepárate para perder la noción de lo que es posible y lo que es imaginario…
BAJO
LA LUZ DE TUS OJOS
Tardé en conciliar el sueño; no
había sido un día fácil. En el trabajo, todo eran problemas ajenos, pero debía
resolverlos como si de un dios se tratara. Un papel llevaba a otro, y ese, a
otro más, hasta terminar en manos de otra persona. Hasta que llegó lo que creí
ver entrar por la puerta cuando apenas daban las nueve de la mañana.
No
podía librarme del mostrador; todos mis compañeros estaban ocupados con más
casos, y el canalla que me había enamorado y desordenado mi vida algunos años
atrás sonreía en su tercer puesto de la fila, controlando todos mis
movimientos. Al cruzar su mirada —porque, sin saber por qué, lo buscaba— y al
ver sus ojos clavados en mí, desviaba la vista, sintiéndome vulnerable y
enamorada como el primer día que me besó.
A
pesar del tiempo, seguía luciendo esas perlas perfectas que me suspendían en
ese halo blanco de su sonrisa. Pero yo le regalaba mi peor cara: un
semblante serio y forzado que luchaba contra el torrente sanguíneo que
calentaba mis venas. Me crispaban los nervios al ver en su cara esa mueca
seductora que no paraba de jugar
con mis sentidos. Y es que el jodido… ¡es tan apuesto! Lo que tiene de guapo,
también lo tiene de cabrón.
La
pobre mujer que me hablaba, contándome su problema con la factura de la luz —que,
como a todos los vecinos del pueblo, le habían facturado más de lo que
consumieron—, no entendía mi actitud nerviosa. Le solucioné su problema y le
pedí disculpas, porque ¡claro!, trabajar en una oficina pública es lo que tiene:
todo el mundo viene a quejarse por la falta de energía eléctrica en la ciudad y
las facturas exuberantes. Fui solucionando los diferentes problemas como
pude, y, en sí, no podía hacer mal mi trabajo por su presencia.
Y
al final, llegó su turno. Su sonrisa de medio lado, tan sensual, taladraba mi
cabeza y mi corazón, que solo quería que volviéramos, pero mi mente —que todo
lo sabe y recuerda— impulsaba mis manos a su cuello. Y es que no se puede ir
así por la vida, dejando cadáveres amorosos, porque así me sentía yo bajo su
mirada provocativa: un cadáver roto por la dicha de haberlo conocido y marcada
por todo su engaño. Pero enamorada y sin consciencia.
―¿Qué
tal estás? ―dijo, así, sin más, sin ni siquiera disculparse por su presencia en
mi lugar de trabajo y en mi zona de confort.
―Trabajando
―contesté. Trataba de no contemplar sus ojos, porque sabía que él me estaba mirando
de forma insistente.
―¿Qué
te parece si, después de que arregles mi factura y hagas que pague menos, o no
pague, vamos a comer y recordamos viejos tiempos? ¿Sigues saliendo a la misma
hora? ―preguntó con aire de «aquí estoy para ti y desarmar tu vida», mientras
exponía la factura, con una suma indecente que pagar por tan pocos vatios
consumidos, frente a mis ojos.
―¿Pero
qué has hecho con la luz, hijo mío? ―pregunté, al ver semejante importe y,
claro, esquivando su proposición. Levanté la vista en un acto reflejo y ahí
estaban sus ojos grises, y esos rizos negros con alguna cana que le daban ese
toque tan varonil e irresistible, que hacían de mí un remolino constante. Y,
sin más, le regalé —o le devolví— la sonrisa.
―Venga, si sabes que yo no gasto
tanta luz. Haz magia con tus hermosas manos y pon la factura a cero. Hazme el
descuento supremo.
No
sé por qué, pero busqué en el ordenador sus otras facturas. No había deudas y,
mirando y buscando, descubrí más excesos de pago. El amor imposible de mi vida
venía abonando más luz que toda la comunidad entera. Al final, y basándome en
un error del sistema este mes, Aldo Contreras Puig no pagó su factura de la luz.
Fue el ganador del descuento supremo.
Cuando terminé mi horario de trabajo, sobre las tres de la tarde, él me estaba esperando en la acera de enfrente, con las manos en los bolsillos del pantalón vaquero y esa sonrisa que le daba ese toque enigmático. Tenía sus ojos clavados en mí nuevamente y no se dio cuenta de las miradas provocativas de las chicas que pasaban por enfrente de él, y que hicieron saltar la alarma de mis celos. Seguro que la fragancia de su perfume les hizo pensar en la suerte que tenía yo de que ese cuerpo me devorara con su mirada y toda su testosterona se derramara a mis pies. Apenas ellas giraron la cabeza para descubrirme fulminándolas con la mirada, tan incrédula de tanto desperdicio de masculinidad, me regalaron un «¡vaya por Dios!», tan desagradable que crucé la calle dispuesta a comerme al hombre que me esperaba.
Me
dio dos besos, como era de esperar, y me llevó hacia la gran avenida. Había
reservado una mesa en un asador donde la especialidad era el chuletón de
ternera. Cuando entramos —y tengo que admitirlo—, Aldo era demasiado guapo para
ser real. Todas las féminas lo observaron a él primero, sin importarles dejar
en ridículo a sus acompañantes. Luego, me miraban a mí. Yo, una chica del
montón, ¿qué podía hacer con semejante semental? Pues levanté la cabeza y lo
cogí del brazo para restregarles esa perfecta escultura masculina a todas las
mujeres que nos observaban.
El
metre nos acompañó hasta la mesa. Me invitó a sentarme y, en ese momento,
cuando la luz de la tarde se colaba por la ventana del local, vi sus ojos otra
vez como antaño, con deseo y pasión. Mi corazón empezó a latir con fuerza otra
vez y, sin saber por qué, le pregunté:
―Además
de la factura de la luz, ¿qué quieres de mí? Te conozco, Aldo.
―A
ti. Te quiero a ti ―dijo el muy descarado, y se me escapó una risita mezclada
con un suspiro.
Negué
con la cabeza toda intención de volver a estar juntos, y él siguió hablando―.
No puedo dejar de pensar en ti. Se hace difícil el día a día. Te extraño mucho.
―¡Madre
mía! ¿Y dónde dejaste a tu último ligue, esa por la que me abandonaste?
―¡Susana,
por favor! Ya sabes que lo de esa mujer no fue nada. Me arrepentí muchísimo. Te
pedí perdón de todas las formas habidas y por haber. Hasta fui a ver a tu madre
para saber de ti. ¿Por qué te mudaste?
―Porque
no quería verte, ni siquiera estar en la casa donde pasamos ratos juntos, y
donde sabía que ibas a volver. ―Se quedó callado, mirándome fijamente, sin
entender cómo yo no pecaba de ignorancia e intuía su vuelta. Tampoco comprendía
por qué me mudé, cuando yo tanto amaba esa casa, que era un regalo de mis
padres, herencia de mi abuela materna. En un momento, bajó la mirada y
entrecruzó las manos a la altura de su barbilla y comenzó a jugar con el dedo
corazón y su labio inferior. Lo conozco. Sé que estaba pensando mis
motivos, pero no se los diré.
―Yo
sí quería verte, explicarte ―al fin rompió el silencio―, y pedirte perdón. Me
di cuenta tarde del error.
Lo
miré y no contesté. No sabía qué decirle. Por suerte, el camarero nos
interrumpió, tomó el pedido y, tras esperar un buen rato, nos trajeron los
chuletones.
Me
acompañó a casa y lo invité a pasar. Recorrió el salón y descubrió el minibar.
―Sigues
teniendo el whisky que me gusta. ¿Puedo…? ―dijo, haciendo el gesto de servirse
un vaso―. ¿Quieres…? ―me preguntó con picardía.
―Bien.
Ya traigo hielo.
Puso
los hielos en los vasos y nos sentamos en el sofá. Pasó su brazo por el
respaldo y se dio cuenta de que lo había cambiado.
―Es
muy suave, el que teníamos en casa te raspaba la cara.
―Por
eso lo cambié.
Entre el vino, la comida y el whisky, no medí las distancias. Estábamos tan cerca que podía escuchar el latido de su corazón. Posiblemente, no mintió cuando dijo en el restaurante que me extrañaba y me echaba de menos. Me besó, y otra vez ese canalla, ese malnacido, volvía a mi vida queriendo desordenarla. Y lo triste es que yo se lo permití.
Me
senté en la cama, tragué saliva y me propuse que lo que había vivido antes no
iba a interferir en mi presente. Pero ahí estaba, desnudo en mi cama y tapado
con mi sábana. La verdad es que este impresentable era el dueño de todo aquello
que creí haber descartado de esos sentimientos, por decirlo de algún modo,
primarios. Me fui al baño y lo dejé dormir. Al fin y al cabo, él nunca fue
madrugador y yo, de alguna manera y muy en el fondo, quería agasajar su despertar
trayendo el desayuno a la cama, como hacía él cuando estábamos juntos.
―¡Buenos
días, cariño! ―dijo, entrando al baño mientras me cepillaba los dientes.
Levanté la cabeza y lo vi por el espejo. Su mirada adormilada reflejaba ese
gris brillante del descanso que yo había olvidado cuanto me atraía. Me abrazó
por detrás y me besó en el cuello―. Voy a preparar el desayuno, como antes,
porque eso quiero, Susana, que las cosas vuelvan a ser como antes. Pero con una
única condición.
―¿Cuál?
―Que
nos casemos y que solo existamos nosotros. No más deslices ni infidelidades.
―Se fue a hacer el desayuno como en años atrás, dejándome con la boca abierta y
mirándome en el espejo, con la cara de incrédula y boba por unos interminables
minutos. Había preparado la mesa y dispuesto todo como si fuera un banquete
digno de un rey.
―Aldo
―dije con la voz entrecortada, sentándome en la silla frente a él―. ¿Me has
propuesto matrimonio?
―¿Te
parece raro que quiera casarme contigo? Te quiero y no quiero que estemos más
separados, ni con otras personas. Quiero estar contigo y nada más que contigo.
Piénsalo. Toma el zumo, que, como decía mi madre, se le van las vitaminas. ―Rio
y meneó la cabeza, negando el recuerdo de su madre, que siempre decía lo mismo
cuando te daba el zumo.
—Hermosa mujer, tu madre. Muy cariñosa y atenta conmigo. Lo pasó muy mal cuando nos separamos. Me dolió mucho su muerte. Creo que nunca te di el pésame —dije, mirando a Aldo y tomando su mano. Nos miramos a los ojos y se entristeció por mi reminiscencia en el tiempo. Él se parecía a ella, a su madre, no solo en el color de los ojos, sino en su manera de ser.
Pasó
la semana y el mes. Habíamos vuelto. Nos veíamos, hablábamos, chateábamos,
comíamos, cenábamos y dormíamos juntos. Pero claro, Aldo seguía esperando mi
respuesta de su propuesta de matrimonio.
―Quiero
que nos casemos y hagamos las cosas bien. Me debes una respuesta, no te
olvides. ―Me dio un beso en los labios y se fue, acompañado por la soledad de
la noche, a su piso.
Ese
domingo, y ya de madrugada, el insomnio me atacó de una manera fría y
contundente. Ni el té, ni las pastillas que suelo tomar para combatirlo, hacían
efecto. La casa se volvía pequeña a la hora de recorrer sus ambientes en busca
de Morfeo, y todo estaba en mi cabeza, que quería dominar al dichoso corazón, el
cual marcaba su ritmo desenfrenado cuando pensaba en él y en su propuesta de
matrimonio. Con el temple sereno, cogí el móvil y lo llamé para dejarle claras
las cosas. Contestó al primer tono.
―¡Hola,
cariño! Pensaba en ti.
―¿No dormías?
―Imposible,
me debes una respuesta y no quería despertarte ni meterte prisa, pero ya no
estamos para dejar pasar las cosas y jugar con los sentimientos del otro.
―¿Has
madurado? —le pregunté con asombro.
―Sí,
se podría decir que sí. Echarte tanto de menos ha hecho un clic en toda
mi existencia, y estos días han confirmado que solo quiero estar a tu lado. —Su
voz, ronca pero dulce a la vez, calaban todos mis sentidos. Quería escapar,
pero no podía; volver a sentirle me despertó del sueño de volver a ser
mujer.
―No
podía dormir. Estoy dando vueltas por la casa. Al final voy a marcar mis
pisadas en las baldosas de tanto recorrerlas y decidí llamarte. Creo que tengo
que dar ese paso que tú deseas y que yo intento negar. ¡Acepto casarme contigo!
―¡Cariño,
mi amor, me siento el hombre más feliz de la tierra! ―me dijo eufórico.
―¡Para,
para, por Dios! Que tengo una condición… bueno, varias.
―Dímelas.
―Primero, no quiero más engaños ni mentiras. No las soporto, ya lo sabes. Segundo, me gusta mi casa y quiero que vivamos aquí. Tercero, no quiero desorden en mi vida. Y cuando digo desorden, me refiero a que vengas, nos casemos y luego te vayas, para dejarme como un rompecabezas otra vez. Me costó mucho volver a encajar las piezas de mi vida. Así que desorden… no, gracias.
Gracias
a Dios, Aldo Contreras Puig no desordenó mi vida; al contrario, creo que yo
desordené la de él con los años y con los hijos. Nos olvidamos de las
condiciones y vivimos dejándonos llevar por el amor, que le ganó al
razonamiento en mi caso, y Aldo se centró en la vida familiar y el respeto
hacia mí, hacía él y hacia la nueva vida que comenzamos juntos.
Todo
en mi mente cambió. Ese canalla que una vez me enamoró y nunca pude olvidar
volvía para quedarse en mi vida y formar una familia.
―¡Marcos,
hijo! ―gritó Aldo desde el salón, llamando a nuestro hijo pequeño, que se dio
la vuelta al escuchar a su padre―. Como diría tu madre: ¡desorden… no, gracias!
¡Recoge los juguetes, anda!
Aldo me descubrió apoyada en el marco de la puerta, me arrojó un beso con su mano izquierda y me regaló su mejor sonrisa, esa que me derretía, encogiéndose de hombros al sentirse descubierto al pronunciar mi frase preferida. ¡Desorden… no, gracias!
Y así fue como cicatricé todas mis
heridas bajo la luz de sus ojos.
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