
Hoy es domingo. Después de cinco años viendo pasar la muerte por mi lado, vuelvo a mi país.
Las calles de la ciudad están llenas de gente, unos festejan el final de la guerra y otros nuestra llegada. Al bajar del barco el calor del gentío abrazó mi delgado cuerpo. Mis oídos colapsados de palabras confundían los gritos y silbidos con mi nombre.
Comencé a buscar entre la muchedumbre a mi familia. Me encontré con la madre de Jorge un vecino del pueblo que me contó la terrible noticia: Mis padres habían fallecido en un accidente de coche.
En mi espalda el frío comenzó a trepar. La tristeza, el odio y el miedo hicieron una mezcla caótica en mi mente. Por un momento no sabía quién era, ni qué hacia ahí, la mirada transparente de la madre de Jorge se clavó en mis ojos, pero yo estaba ausente. La dejé esperando a un hijo que pronto se reencontraría con ella y su pregunta quedó flotando en el aire sin respuesta:
-¿Estas bien, querido?-.
Corrí y corrí. Esquivaba a la gente buscando el rostro de lo que podía ser yo. Mis lágrimas buscaban el alivio de un pasado que retumbaba en mi presente. A mi derecha pude ver como una señora lloraba arrodillada ante un joven que la tomaba por los brazos. Seguí corriendo, crucé la calle hasta la iglesia y entré sin persignarme. Caminé mirando fijamente la cruz. Frente a ella pregunté, grité tan fuerte que el eco devolvió la pregunta clavándose en mi pecho:
-¿Por qué…?- Cerré los ojos llorando y me dejé caer de rodillas ante Dios. El eco de una voz respondió a mi pregunta.
-Porque la vida es así Matías. Te da y te quita sin preguntar. Se feliz por ti y festeja la vida. Busca algo especial, que te haga sentir especial-.
Me levanté y me encontré cara a cara con el padre Manuel, un antiguo párroco de la iglesia de mi pueblo. Me abrazó tan fuerte transmitiéndome su calor; su fe, que yo, deje sobre su hombro mi dolor en forma de llanto.
Al salir de la iglesia el desconcierto se apoderó de mí. La brisa traía el murmullo de la gente impregnado de humedad. Personas que corrían para alcanzar quién sabe qué… me llevaban por delante haciéndome tambalear. No sabia hacia donde iba… sólo iba. Pensaba en las palabras del padre Manuel constantemente, pero qué tenía que buscar, qué era lo especial. Me paré frente a un escaparate y vi mi reflejo en el cristal. Mi rostro pálido, delgado me recordó la lucha en alta mar.
Entré a un bar. Copa tras copa, el alcohol se adueñó de mis sentidos. Me hundí en el delirio. Mareado y sin fuerzas salí del bar. El sol quemaba mis ojos y un ruido sordo retumbaba en mi cabeza confundiendo mis pasos.
Una chica venia hacia mí, se me detuvo el corazón. Cara de ángel, me sonreía y yo le impedí el paso, poniéndome frente a ella, una y otra vez. La abracé y la besé al estilo Hollywood. La gente de alrededor miraba, murmuraba, aplaudía y animaba… hasta que una voz dijo:
-¡Matías… suelta a la chica!-
El padre Manuel otra vez, lo miré y le hice caso. Ella se alejó corriendo sin decir palabra. El padre Manuel me tomó del brazo y me llevó a la parada del autobús que va a mi pueblo. Me acompaño a enterrar a mis padres.
Hoy después de unos días del funeral sentados a la mesa de la cocina, el padre Manuel y yo recordábamos mi regreso de la guerra. Me sorprendió su pregunta:
-¿Qué se te pasó por la cabeza?...- dijo mostrándome la foto de aquel beso.
- No sé… tal vez comprendí mal sus palabras y esa chica se cruzó en el momento equivocado… ¿y a usted para sacarme la foto?, ¿¡qué se le cruzó por la cabeza!?- Sonreímos un poco entre tanta tristeza y bebimos el café que se estaba quedando frío…
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