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AVANZAS O MUERES

Bienvenidos a La biblioteca de los sueños

En algún rincón entre la realidad y la fantasía, existe un lugar donde los susurros de los libros cobran vida y los sueños se entrelazan con la tinta. La biblioteca de los sueños no es solo un libro; es un portal hacia mundos desconocidos, donde cada relato es una puerta que se abre hacia lo inesperado.

Hoy quiero invitarte a cruzar esa puerta conmigo. El relato que comparto aquí es un fragmento de este universo, un pequeño viaje que mezcla misterio, reflexión y la magia que solo los sueños pueden despertar. Si te atreves a seguir leyendo, prepárate para perder la noción de lo que es posible y lo que es imaginario…


AVANZAS O MUERES



Arturo Vega sabía que la puerta trasera del teatro abandonado del museo de aquella ciudad rusa iba a ser su perdición, pero, aun así, no pudo resistirse y entró. La pesada puerta se negó a abrirse al principio y, al empujarla, el aire frío le golpeó la cara con un olor a humedad, encierro y tabaco rancio, que lo trasladó a épocas muy significativas para él. 

Momentos que hubiera preferido olvidar, pero que, en ese instante, se colaron en su mente con una violencia que lo sorprendió. Al cerrarse la puerta tras él, la oscuridad lo engulló y, como hipnotizado por la atmósfera de ese lugar, comenzó a caminar por el pasillo, observando cada detalle.

El suelo crujía bajo sus pies y la luz era cada vez más débil, por lo que tuvo que apoyarse en las paredes para evitar caer. El lugar parecía estar a punto de desmoronarse en cualquier momento, pero la intriga lo empujaba a seguir. Avanzaba sin rumbo, sin saber exactamente a dónde iba, pero con la sensación de que se acercaba a un lugar que podría ser su perdición o su redención artística. El pasillo se hacía interminable. Miraba el suelo para esquivar las


piedras caídas y los escombros y, de vez en cuando, levantaba la mirada para ver el techo, como si esperara que ese edificio, que parecía a punto de desplomarse, resistiera otro terremoto. A medida que avanzaba, algo lo empujaba a continuar, una fuerza invisible que lo guiaba hacia lo desconocido. Entonces, en la distancia, vio una tenue luz que parpadeaba como una vela. O quizás eran farolas, no lo sabía. Al llegar al final del pasillo, se detuvo ante una escena que le heló la sangre. Allí estaban todos, reunidos alrededor de un altar de mármol negro, iluminado solo por el resplandor de las velas. La figura de Alyssa Borsóvich lo observaba desde el centro, con esa mirada fría y penetrante que siempre había tenido sobre él. Era como si estuviera esperando su llegada, como si lo hubiera anticipado.

 

―Sabía que vendrías, Arturo Vega. No te quedes ahí. Entra, todavía no hemos empezado. ―Su voz, suave y seductora, casi un susurro que parecía envolverlo, provocó una catarsis en él y avanzó. 

Alyssa siempre conseguía lo que quería, de él y de todos los hombres, y, por qué no aceptarlo, también de las mujeres. Ella le extendió la mano.


Arturo, sin pensarlo, la aceptó. Ella lo arrastró hasta pegarlo a su cuerpo. La proximidad lo desarmaba; era tal la atracción que sentía por Alyssa, que al sentir su contacto, su deseo se manifestó en su cuerpo. 

―¿Ya has ido a ver a tu padre? ¿Cómo está? —preguntó sin dejar de mirarlo fijamente.

―Sí, ya he ido. Está grave, posiblemente no pase la noche. Gracias por preguntar —respondió Arturo, sin poder evitar que el dolor de la culpa se filtrara en su voz.

―De nada —dijo ella, pero su tono no era de consuelo—, pero a estas horas… ya estará muerto. ―El corazón de Arturo se detuvo por un momento. Le soltó la mano e intentó dar unos pasos atrás, pero sus piernas no le respondieron. Estaba atrapado. El miedo se apoderó de él, miró a Alyssa buscando respuesta, pero algo en ella había cambiado. Su mirada estaba vacía, distante, como si ya no estuviera allí, como si alguien o algo más estuviera tomando el control de su ser.

―¿De qué hablas? ¿Qué estás diciendo? ¿Por qué no me puedo mover?

―Tu padre es tu sacrificio y tu pasaporte a la fama —dijo ella con una calma inquietante. Las


palabras de Alyssa le golpearon con fuerza, como una bofetada. Arturo intentó retroceder nuevamente, pero no pudo. Un poder invisible lo mantenía inmóvil. La voz de Alyssa siguió resonando en su mente, como un eco macabro.

―Yo todavía no he dicho que quiero formar parte de este aquelarre, de este movimiento SACRILEGIUM tuyo —balbuceó Arturo, con su mente ya nublada por el terror.

―No hace falta que lo digas. Al abrir la puerta, bajar las escaleras y aspirar el humo de nuestro ritual, ya has aceptado, querido. ―Arturo quedó perplejo ante las palabras venenosas de Alyssa. Se arrepintió de pensar que podía ser el ligue de esa noche y resultó ser la bruja madre de toda aquella panda de locos neuróticos y excéntricos en la cual ya estaba incluido. 

Comenzó a pensar en la manera de salir de allí, en la forma de escapar, pero sus pies no se movían. No podía girarse. Estaba atrapado en un círculo del que no podía salir. La mirada de Alyssa se clavó en él con una intensidad que lo desarmó por completo.


—Solo puedes avanzar, querido. Yo diría, o te sugeriría, que relajes tu mente, alma y espíritu; y así podrás avanzar, moverte, como dices tú. Pero no retroceder, porque AVANZAS O MUERES. Tu padre ya no tenía cura y su muerte era inminente, solo que… la adelantamos un poco. ―Las palabras retumbaron en su cabeza, como una sentencia de muerte. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero, aun así, sus piernas dieron un paso adelante. Ya no tenía elección. Lo único que quedaba era seguir, aunque su mente le gritara que todo aquello era un error. 

En un acto reflejo, buscó el teléfono móvil por los bolsillos de su ropa. 

―No te preocupes, aquí abajo no hay cobertura. Cuando salgas, te llegarán todas las llamadas del hospital con la noticia de la muerte de tu padre ―dijo Alyssa con una sonrisa en los labios, por haber logrado su mayor objetivo en años: atraer a Arturo Vega, el hombre de sus sueños, a su zona de confort, a las bóvedas del teatro abandonado del museo.

La vio alejarse e incorporarse en el grupo que estaba reunido alrededor de un altar o mesa; no podía distinguirse por el humo que había en el ambiente. Le


faltaba el aire, sudaba, no podía moverse o, mejor dicho, retroceder. Debía aceptar la mala decisión de entrar a ese lugar y seguir avanzando.

―Arturo, querido compañero, ¿qué raro tú por aquí? Siempre te creí borracho hasta putero, ¡pero satánico… no! ¡Es broma, hombre!, no me mires así. ¿Sabes que tu alma ya está sellada?, ¿no? ―dijo una voz sarcástica y con acento ruso, tomándole del hombro. Era Alex Malcovich. 

Un escultor conceptual que, desde que se rindió a los encantos de Alyssa, en cada exposición que hacía vendía hasta el agua de los jarrones que mantenían radiantes a las flores que adornaban los salones de las galerías de arte. Arturo lo había conocido en su vida anterior, antes de que todo se desmoronara.

—Ya no puedes salir. Lo único que puedes hacer es avanzar. —La risa de Alex fue amarga, pero Arturo se sentía atrapado en su propio cuerpo, incapaz de retroceder, condenado a aceptar lo que nunca había deseado.

―¿Cómo quieres que te mire, Alex? No me

 puedo mover.


―No, moverte sí que puedes. Lo que no puedes es retroceder. AVANZAS O MUERES. Y eso tiene que ver con Alyssa. Ella es el alma de todo esto. Una vez que aceptes tu destino, podrás salir y entrar de esta habitación cuantas veces quieras, como lo hacemos todos. Ella nos convoca a estos rituales telepáticamente ―dijo riendo ante la cara de Arturo y corrigió al momento―. ¡Por WhatsApp, que es lo más usual! Pero ojo con lo que piensas, que Alyssa puede leerte la mente. No sé cómo lo hace, pero la lee.

―¿Alyssa, es bruja? ¿Es una bruja rusa? ―preguntó Arturo, incrédulo y con miedo de oír la respuesta.

―Ya no se dice así, Arturo. Se dice Alma. Alyssa es el Alma de todo esto, la que nos hace ganar dinero, fama, mujeres y, porque no, hombres. Hay que estar abierto al sexo y a todas sus variantes, ¿no te parece? Nosotros somos obedientes y donamos un diezmo para contribuir a la causa. Hoy es tu bienvenida, por lo cual hay un sacrificio. Me voy con ellos, un gusto verte por aquí, y un consejo: avanza, vence a tu lucha interna y serás libre.

¿Qué sabía Alex de la lucha interna que Arturo tenía dentro de su alma? Solo quería salir corriendo para comprobar que su padre respiraba, pero no se podía mover, y solo una frase le retumbaba en la cabeza: AVANZAS O MUERES. 

La libertad era una ilusión. Los veía desde lejos y Alyssa lo miraba de soslayo y sonreía. Él se dio cuenta de que ella escuchaba debatir a sus pensamientos, a sus emociones, hasta esas lascivas que Arturo le dirigía con la mirada. La observaba con tanto detalle y deseo, que los movimientos más insignificantes de ella se le antojaban sensuales. Cuando Alyssa levantó sus brazos y comenzó a pronunciar palabras que él no comprendía, entonces entendió. Como bien le había explicado Alex, ella era el Alma de ese lugar, de ellos, y en esos “ellos”, él ya estaba incluido.

Lo aceptó y avanzó. No hizo falta decir nada. Inmediatamente, cuando estuvo a un paso del círculo, le dejaron el lugar. Arturo no podía creer lo que veía en ese altar de mármol negro, cubierto con un manto del mismo color. Estaba el cuerpo de su padre. Todos los pelos de su cuerpo se crispaban al ver esa escena escalofriante, y más al sentir la mano de Alex tomar la suya.


―Tranquilo, es solo una visión ―le dijo Alex Malcovich, que notó la inquietud de Arturo al integrarse al círculo―. Relájate y sigue aceptando. Arturo le hizo caso y siguió relajando sus músculos y aceptando su mala decisión. Ya nada podía hacer. Su padre, tal y como lo dejó en el hospital, ya no existía, estaría muerto o le quedarían pocas horas de vida, no lo sabía bien. 

Miró a Alyssa, esa hermosa diosa vestida de mujer que alteraba todo su cuerpo masculino, le provocaba sudores y hasta ponía en alerta a su entrepierna si ella se lo proponía. Ella, Alyssa, el Alma de ese aquelarre, de sus pesadillas, de sus tormentos, lo controlaba. Arturo no tenía nada que perder a esas alturas de su vida y siguió aceptando la nueva condición satánica para liberarse de esa secta que lo había absorbido. Su urgencia por salir de ahí ya le daba igual, no quería caer otra vez en el alcohol, quería vender cuadros, pero lo que no quería era vender su alma al diablo para ser reconocido y famoso. No tenía creencias religiosas, pero tampoco diabólicas, y si para liberarse de ellos y salir de ese lugar aterrador e ir al hospital para ver a su padre, y comprobar si estaba vivo, los aceptaría.


Cerró los ojos y respiró profundo. Se relajó tanto que el vuelo de su alma le hizo ver la conclusión de sus pensamientos y ambiciones: si ella, su amor prohibido, Alyssa Borsóvich, era el Alma de los SACRILEGIUM y de todo ese mundo satánico, excéntrico y subnormal, él debía morir. Y entonces,

dio el paso final.


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