
Se
levantó temprano esa mañana. Lavó el cabello rubio con tanto mimo, como si se
tratara de la piel de un bebé. Consultaba el reloj, no quería llegar tarde a su
primer examen. Se decidió por una ropa
cómoda y salió de la casa dejando huellas de su perfume y el beso de la madre
flotando en el aire.
Llegó a la parada del colectivo de la esquina de la calle donde vivía, sacó del
maletín los apuntes y comenzó a leer con tanto fervor que por poco pierde
el autobús. En el camino volvió a repasar el examen que sabía de memoria y
tanta obstinación hizo que se pasara unas paradas. Al bajar del colectivo consultó
el reloj y por suerte era temprano; lo cual la animó a deshacer andando los
metros que se había pasado.
Una
mañana soleada de fines de abril acariciaba la sensual figura de Lucía. Ella, pisaba las crujientes hojas que cubrían el
suelo de Buenos Aires y se detenía en cada sonido que producía su andar. Sus ojos claros se teñían de ocres, verdes,
marrones y amarillos. De pronto, se vio entre dos hombres que salieron de la
nada en medio del parque. Una
estela espesa rodeo su cuerpo y una luz
se aproximó a esas pupilas llenas de vida, dejando la oscuridad como referencia.
Algo
interrumpía la visión de Lucía al mundo. Las manos sujetas tras la espalda se
enfriaban cada vez más, le dolían los hombros y los brazos entumecidos tiraban
por querer desatar el nudo que cortaba la circulación. Los pies atados por los
tobillos dormían el sentido de sus piernas, provocándole un cosquilleo que llegaba hasta
las caderas. Algo tenía en la boca que le incomodaba, que enmudecía su voz, que
le impedía tragar saliva haciendo que la
garganta se secara. Se quedó dormida aspirando ese aire pesado, viciado de suciedad y humedad.
El
crujido de la puerta al abrirse hizo que se despertara, se encontraba mareada y un eco alertó su sexto sentido. Descubrió que dos
personas se acercaban a ella. Supo por la voz que uno era hombre y sólo hizo una
pregunta que Lucía tal vez por inocencia
o ignorancia no supo contestar. La furia se apoderó de él y lanzó una cachetada
contra la cara de Lucía. Ella se quedó a la espera de otra bofetada, con
el rostro compungido, pero otra voz más aguda y firme; interrumpió la posible
paliza.
-Déjala,
el jefe la quiere viva-.
Al
rato unos pasos seguros en su andar se aproximaron al recinto y al entrar dijo una
voz seca:
-¡Esta
no es, inútiles! Mátenla-.
La
puerta se cerró tras los pasos de la voz que había ordenado matarla. Lucía se invocó a Dios mientras que las
lágrimas mojaban la piel blanca y suave del
rostro. El recuerdo de su padre
venía a la memoria y el beso de su madre que no alcanzó la mejilla, rozó la
frente de Lucía. Un silencio sordo colmó la habitación y la ilusión pasó a ser
una luz de alma inocente, que ahora vaga sin poder
descansar.
Confundida
no sé sabe con quién. Una familia fue marcada por la dictadura militar que regía
en Argentina por aquel entonces. Hoy con un por qué atragantado y la foto de
Lucía pegada al pecho, una madre llora en cada concentración de las madres de la Plaza de Mayo…
Graciela
Giráldez – agosto de 2010.
Publicada
en la revista brotes germinal nº 16
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